21 de Junio de 2012

PROTECCIÓN DEL CINE NACIONAL «PROTEGER LOS CINES, EL CINE.» Por Hernán Gaffet

Una película, producida en cualquier lugar del mundo, en cualquier época, puede llegar a ser una obra de arte o sólo un entretenimiento, pero está claro que a la categoría de arte pocas llegan y tampoco todas las demás son entretenidas.
¿Por qué entonces los Estados del mundo deciden tener cine y deben, -así lo hacen todos-, subsidiar de alguna forma su producción cinematográfica? Porque sí hay una categoría válida para todo el cine que se produjo en el pasado y el que se hará:
la categoría de documento, y como tal, todo film es una herramienta para el pensamiento, por lo tanto, una herramienta transformadora.

Bien sabemos que ya hay una generación de chicos, y no tan chicos, que están dejando de asistir a los cines por consumir audiovisuales en dispositivos móviles (ipods, iphones, tabletas, reproductores de Dvds portátiles, etc) o en la PC hogareña. Nótese que dije que de esta forma consumen audiovisuales y no que ven cine. No es lo mismo. Con estos dispositivos se consumen imágenes que distorsionan en forma y contenido las películas, por lo tanto no estamos viendo la obra del realizador X sino otra cosa formateada por las modalidades del mercado, y como todos sabemos, el mercado no tiene por prioridad al receptor/espectador sino que sólo atiende a las ganancias. El no ver la película en un cine implica apreciarla mucho más superficialmente. En un cine es la forma en que esa herramienta para el pensamiento puede enriquecernos intelectualmente o transformarnos emocionalmente en un individuo distinto. Porque el reflejo de ese espejo que es el cine nos completa. Y me pongo de ejemplo: perdí a mi padre cuando estaba por cumplir 19 años. Hoy estoy convencido que conozco más a mi padre por las películas que él amaba, que por el tiempo que lo tuve a mi lado. Por eso digo que el cine me completa como persona.
Pero el mercado no quiere individuos, personas, quiere masa. Una masa a la cual moldear a su antojo y para ello no duda en alterar formatos y contenidos. Para preservar las películas a comienzos de los años ’30 se crearon las primeras Cinematecas, pero hoy también debemos preservar los cines, y en eso, el Estado también tiene un rol fundamental.

Es verdad que los sobrevivientes cines anteriores a las multipantallas contienen la memoria de una cultura. Pero tanto como preservar una arquitectura valiosa y ya inusual, un espacio con identidad o la memoria de las tradiciones del lugar, lo importante es que muy pocos cines del futuro tendrán las características de los cines tradicionales para seguir apreciando las obras tal como las concibieron los directores.

Considerando que el nuevo cine se proyectará en digital, alguno podrá preguntarse ¿Tan importante son las películas viejas? No hay películas viejas sino una mirada que no entiende la historia. Toda película, aún la peor, bien presentada, es decir, dando cuenta del contexto histórico-cultural en que fue producida, es una clase de historia, un documento irremplazable de su tiempo, un puente entre generaciones.
Sabemos que el cine digital puede proyectarse con nuevo equipamiento que hace parecer a los actuales proyectores como dinosaurios. Pero ni la Cinemateca más rica del mundo podría digitalizar todo el cine del pasado antes de que el celuloide se degrade químicamente. Los cines entonces, proyectando con esos monstruosos aparatos deberán ser preservados tanto como las películas, al menos por muchos años más. Equipándolos también con la tecnología digital, claro, pero sin eliminar la alternativa del fílmico y respetando el espacio, la gran sala, la gran pantalla, que es lo que hoy nos preocupa. Por supuesto, me refiero a los cines tradicionales y no aquellos de los paseos de compras porque esos se cuidan solos.

La Argentina ya perdió el 90% de su cine mudo y el 50% de nuestro cine sonoro está perdido o gravemente dañado. Estamos a tiempo para salvar lo que queda y por ello la urgencia de contar con una Cinemateca Nacional. Pero mientras tanto, preservar las salas también debería ser cuestión de Estado. Porque así como una película no es menos que un libro, un cine no es menos que una biblioteca o una escuela.
Los proyectos edilicios en el contexto de la planificación urbana que sea, deben recordar en todo momento que el cine tradicional es un espacio irreemplazable, uno de esos lugares que dentro de pocos años estaríamos añorando si desapareciera. Como el viejo teatro Odeón, donde se hizo la primera proyección del cinematógrafo en el país, y que no supimos proteger, espacio hoy ocupado por una playa de estacionamiento. Nuestro patrimonio cultural ya tiene demasiados fantasmas.

No podemos hacer retroceder el reloj. Los años ‘60 y aquella rabiosa cinefilia -alimentada en buena parte por estudiantes universitarios y una crítica cinematográfica tan conectada con el lector como con la obra-, y el permanente debate acerca de la última de Bergman, Antonioni o Fellini, ya no volverán, y sería insana una mirada nostálgica hacia ese tiempo. Pero sí podemos rescatar al menos algunos de los cines emblemáticos que cobijaron aquella cinefilia, porque sus pantallas tienen el valor de poder exhibir nuestra expresión, nuestra idea, nuestro corazón, tal como fueron concebidos. Nada menos que eso.
Para darle mayor vuelo a semejante esfuerzo, deberíamos recuperar la idea del cine como objeto pedagógico, en tanto herramienta del pensamiento. La gente que hace el cine y los responsables de nuestras políticas educativas a nivel nacional y provincial, deberán estrechar esfuerzos en desarrollar y fortalecer programas educativos donde el cine no sea menos que un libro, donde la escuela o la biblioteca no teman vestirse de cine, y donde el cine pueda ser visto como una escuela.
Debemos propiciar una profunda reflexión, en lo referente a cuánto saber y placer se halla escondido en nuestro audiovisual que puede transformar y enriquecer la vida de nuestras sociedades. En otras palabras, ¿qué figuras de nuestro imaginario pueden sumarse a la galería de personajes de Star Wars en las camisetas de nuestros jóvenes? A no dudarlo: nuestro audiovisual es rico en héroes y heroínas, próceres, figuras de las artes y las ciencias, y personas comunes a las que no les rebotan las balas, que bien pueden interpretar desde el pasado los anhelos de los jóvenes del presente. Aquello que hace feliz a un pueblo es intemporal. Está atrapado en nuestro imaginario audiovisual, y la estrategia es acercarlo en la forma adecuada, legible.

No niego los cambios irreversibles, pero algunos de sus efectos nocivos pueden ser morigerados.
Reeducar la mirada del ciudadano, que hoy padece una percepción deformada y vilmente orientada (desorientada), bajo la excusa del derecho al entretenimiento vacío, de inspiración tecnológica, “signo de los tiempos”, es algo posible e imprescindible a la hora de recuperar parte del público de las salas.


Hernán Gaffet

Cineasta, autor de seis cortometrajes, los largos documentales OSCAR ALEMAN, VIDA CON SWING y ARGENTINA BEAT y la comedia dramática CIUDAD EN CELO. Fue cofundador y miembro de APROCINAIN. Hoy se desempeña como Delegado Organizador de la CINEMATECA Y ARCHIVO DE LA IMAGEN NACIONAL, CINAIN.

Archivo: InfoDAC

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